8 de Julio/6

 

8 de Julio/6

 

Viste que el otro, el que todavía estaba a la par tuya se rió. Fueron atrás y con la portezuela de la palangana, a forma de mesa, platicaron, mientras el muchacho de la par tuya, roncaba como si nada, sabiendo que lo acusaban de portar mariguana en una cajetilla de cigarros. Él dijo, lo recuerdas, que se había encontrado la cajetilla y al ver cigarros se la había guardado en la bolsa, luego en el registro, los agentes habían visto el puro de mariguana. Él dijo que no era de él. No le creyeron y lo llevaron a la estación también conmigo. Solo que él, mofletudo y sin tantita pena, se hecho su cuaje, la siesta, tanto que los agentes le dijeron, moviéndolo, que se despertara hombre, que no estaba en el sofá de su casa. Lo bajaron de tres empujones, uno para despertarlo, otro para guiarlo por el pasillo y el último, para rempujarlo a una celda de unos nueve metros por dieciocho metros. Oíste el sonido de las cadenas y candados por primera vez, luego de que te quitaran los grilletes. Indoblegables sonidos se repiten en dos ocasiones más en toda la noche.



 

 

             

Por la mañana, sentí el daño del frío y la soledad mortal del suelo, junto con la agonía de no poder siquiera ver el partido.  

¿Sería en el estadio S.M. Kirov, en San Petersburgo?, lugar ya emblemático por las novelas de Dostoievski, y yo allí en el suéter, ya resignado a no ver, ni apoyar a mi equipo con una Brahva taconuda. El cuerpo me dolía por todos lados, no sé si por la postura o el micro-clima siberiano que estaba allí más como un espectro que como un efecto termométrico.  Aunque tal vez, podría ser efecto de la cruda, ya que ese mundial, como esa vez que lo mencioné en Zoola: nos iba a matar a todos de cirrosis. Pero por lo menos, el clima siberiano si nos acompañaría hasta la hora de mi audiencia, que sería a las once de la mañana, cosa que yo dudaba. Aun así empecé a imaginar escenarios, preguntas y respuestas. ¿Qué preguntas me harían? ¿Qué respuestas dar? ¿Cuál la más convincente? ¿Qué decir exactamente? ¿Cómo sería la persona que me interrogaría? ¿Un juez infeliz como Mr. Bumble? ¿O aterrador como Monsieur Thénardier? Tal vez como la bestial Condesa Erzsébet Báthory de Ecsed. No había respuestas, solo una intuición que se iba más por la tragedia, que por la esperanza. Había un pedacito de cielo que podía ver todavía en esa celda, una imagen frente a mí de un Saulo de Tarso ciego y una luz celestial, que lo mismo lo cegaba que lo dejaba iluminado; más adelante en su destino, los grandes cúmulos de amor y luz que la humanidad debiera ser y Dios legisla. Aun así, entre anotaciones que hacía con mi lapicero invicto, sobre el lugar donde estaba ahora, y la pronta audiencia con mi juzgador, se me aparecían escenarios dispersos de esclavitud penitenciaria y una enorme sombra despótica de Lord Voldermort.

Me bañé al final con un balde de agua helada. Sentí cada guacalazo vivificante. El prana de una cascada vertebrada. La oía golpear el suelo y, las voces de algunos que iban despertando me hicieron salir del compromiso eterno con la imaginación. Los más despreocupados y hasta resignados, empezaron a decirse insultos cordiales, bromas en las que estaba en juego la hombría y el carácter pelaverguista.

Al rato, empezaron un juego donde una corrida, deberá estar formada por tres o más cartas de la misma figura y los índices deberán seguir el orden numérico: 1-2-3-4-5-6-7-10-11-12. Como en casi cualquier juego con la baraja española, el 10 seguirá al 7 y el 1 no se podrá poner por encima del 12. A este juego también, y más a menudo, se le llama conquián. Al principio se reparten nueve cartas a cada uno de los dos jugadores. Después de haber acomodado sus cartas, cada jugador debe escoger una carta y ponerla boca abajo sobre la mesa, si así se desea, siempre y cuando no afecte su juego. Cuando ambos lo hagan, cada jugador toma la carta del otro. Este intercambio sirve para cambiar la "suerte", como se le llama, ya que hay veces en las que un jugador puede empezar con cartas que se consideran muy lejos de poder ser usadas.

Uno de los que resultó mejor para ello fue un muchacho de San Andres Semetabaj, llamado por todos el Tzi[i]. Pero después de un rato, atraído, más por aburrimiento que por curiosidad, me fui dando cuenta de qué trataba el juego y, además, que el dinero iba girando o cruzándose de una mano a otra y cuando alguien perdía todo, el otro le prestaba desinteresadamente, solo para seguir jugando entre si y no perder la cabeza pensando en audiencias y en qué me dirá el juez.

Aproveché para contarles mi sueño: mi madre me ofrecía una pierna de pollo frito y mientras yo lo probaba con la mayor satisfacción, saboreando sus jugos y textura, reconociendo el empape de aceite de cocina, consomé y pimienta, hasta por último apreciar el sabor del pollo con su dejo de pimienta empanizada. Ella me exhortó a que dejara de pelear con mi papá y que devolviera un magazine a una compañera, que de pronto apareció agarrada de la mano de uno de mis peores enemigos.

-          ¡Te chimo! –le volvieron a decir al patojo que ya estaba acostado en una de las colchonetas tratando de ver el juego de los tres.

-          No sabemos qué onda con tu sueño mano –me respondió el chatío al que le habían acusado de contrabando por haber olvidado un papel.

-          Vos tenías mi carta mal parido.

-          ¡Tu madre!

-          ¿Y ese billete cerote, qué hace allí?

-          No hay sencillo, luego quito mi vuelto.

-          Barajeá pues. ¡Sin trampas, pisado!

 

Como a las ocho de la mañana llamaron al chavo que tenía todos los dientes de oro. Pero de una vez le dijeron que ya estaba libre, solo esperaban el parte de la jefatura. Su padre, un señor de sombrero fino de palma de iraca, le dijo algo en la única puerta de barrotes y se fue. No tardó ni media hora cuando le llevó dos cajas grandes de doce piezas cada una, con sus respectivas papas, pan y dobles litros de Coca-Cola. 

-          Se te cumplen los sueños mano, y hasta de más, porque es Pollo Campero –dijo Cornelio, con su mirada de mafia.

-          Esa es buena seña –dijo Tzi, el chavo que iba ganando, pero había dejado el dinero tirado en el colchón, por su pieza de pollo.

Cómo les digo, que inmediatamente pensé en dos cosas, en mi madre y en un pintor maldito, que se metía el solo a la cárcel por la droga y por la comida, porque según decía: allá daban platos especiales de Los Cebollines. Que imaginativo dirá alguno, pero para él era ciertísimo, tanto como que García Márquez se baño a guacalazos en su casa de la montaña.

Con eso les digo que no pase hambre. Pero lo cierto es que no comí hasta el segundo día. Entre esos muchachos, juntaban lo que había, y la ayuda que les dejaban era comida para todos, no solo para uno.

Exhibían todo en el suelo, al lado de las colchonetas y frente al muñeco de tortillas merendamos, por tres días: pollo guisado, carne adobada, frijoles colados a morir, ensalada rusa y de tomate manzano, pan de Sololá (que a mí me encantaba), tortillas de todos los colores del arcoíris, con piloyes colorados. Todo llegaba de Santa Catarina Palopó, de San Lucas Toliman, de Pana, de San Juan la Laguna, de Santiago y de la misma Sololá.

-          Miren mucha, aquí todos somos honrados, ¿ya se dieron cuenta que nadie ha tocado el dinero encima del colchón? En otro lado, ya le hubieran salido patas de hace ratos –les dije, al ver que a ninguno le picaron las manos para tomarlo.

-          Si los verdaderos cacos fueron los que nos encerraron –dijo el patojo, apilando sus tortillas.

-          La neta que sí –respondieron a coro.  



[i] Perro en Kakchiquel.

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