Panajachel/4
Panajachel/4
8pm. Llevabas una pantaloneta de
lona llena de arena del lago, y cargabas unas sencillas yinas Suave Chapina, de
esas que Benvenuto Chavajay volvía elementos de arte conceptual. Despojado y
tan solo con una playerita de algodón. Ibas despierto en el pic up de la
policía. Sabías entonces que se dirigían de Pana a Sololá. Rendido y agotado,
tal vez, el muchacho de la par dormía sin decir nada. Los politur son una
sección recién estrenada de la policía nacional, inventada por los atracos
verdaderos a los que se exponen los extranjeros en sitios turísticos. Leíste
que fue creada en el año 2005, y si, era necesaria para responder a las
violaciones físicas y materiales de esos viajeros incansables o vacacionistas
que se limitan a dar sus cosas sin mayores contiendas, tal vez una denuncia
tímida y sin esperanza, dado los grados de delincuencia de los países
tercermundistas y sin vías de desarrollo. Tal vez una acusación simple pensando
en los grados de soborno y las dudosas instituciones policiales. Pero qué de
los vigilantes, serán al cien por ciento honestos, cuánto puede costar la
integridad de un lugareño ante los dólares de un norteamericano, cómo se puede
legislar a plena noche la conciencia de unos pocos putrefactos.
Las historias del
Xocomil, que antes eran una cosa sagrada, hasta respetar el horario y no soltar
amarras de los muelles de Santiago Atitlán después de las cinco de la tarde; y
si por emergencia pasaba, todos irían en silencio piadoso, rogando y
agradeciendo, hasta pasar el punto crítico. Como en una oportunidad que mi
abuela se expuso, y con temor desfilamos cayados después de la hora peligrosa; viendo como la noche sacaba a flote, del agua,
las luces de Pana.
La historia que
cifró a continuación, es una traspolación, sin nombres reales pero con hechos
verídicos, que se llama Rekashaisom[i]
y escribí en el año 1999, inmediatamente después de que me la contaran:
Aquel día sábado, tras una larga
fiesta que se prolongó hasta la madrugada del domingo, estaba totalmente
desvelado, y esperaba llegar de vuelta a Panajachel lo antes posible.
Me lavé la cara con agua fría y me
sentí aún entre dormido y despierto. Había dormido suficiente después del
almuerzo y por eso llegué tarde al muelle de Santiago Atitlán, pensando que a
bordo de la lancha podría al fin descansar. Mientras me acercaba, llegaban a la
orilla tres cayucos cargados de tejido y pescados con una cuerda de nylon entre
la boca y las agallas y parecía un espectáculo para fotografiar.
Un grupo de mujeres tzutuhiles se
reunieron a vernos partir, con sus hijos a la espalda, amarrados con perrajes
de colores. Serios, pacíficos, inmóviles, el grupo de hombres con la cabeza
amarrada con su`ts, también nos miraban, aunque con expresión distinta. No
parpadeaban.
No quería dormirme precisamente
ahora, entre tan sublime escenario. Intenté abarcar el lago con la mirada para
retenerlo en un futuro en que mi alma necesitase de un recuerdo tan maravilloso
como aquel. Metí la mano en el agua intentando recordar la agradable sensación
del frío y retrasar el sueño. Un tímido rayo de sol escapó momentáneamente de
entre las nubes inflamadas, que parecían cerrarse con violencia por el viento
que soplaba. El rumor agradable del lago se convertía por momentos en un
amenazador e incesante ruido de golpes que chocaban contra la lanchita. Las
olas movían el bote con violencia mientras los pasajeros se acomodaban aún en sus
puestos para afianzarse entre el vaivén. Algunas mujeres parecían asustadas, y
parecían disimular muy bien frente a todos. El conductor subió a bordo con
ayuda de una muleta. Tenía una cicatriz desde la frente hasta el pómulo. Era un
muchacho moreno con una mirada huraña.
– ¡Suba, que nos vamos! ¡Salimos
para Panajachel ya! –gritó con impaciencia a un hombre que dudaba si subir o
no, mientras miraba la irregular superficie del lago.
La mujer sentada frente a mí, me
sonrió amablemente. Tenía una mirada azul, profunda y graciosa. Llevaba la
cabeza cubierta por esos pañuelos de hilo que vendían en todas partes a los
turistas y parecía estar tan asustada como yo del movimiento de la barca. Me
sonrió de nuevo con embarazo y comprendí que no hablaba español. El viento le
desordenaba el cabello todo el tiempo. Se acomodó el pañuelo, apretándolo con
temor, mientras respondía las incesantes preguntas de su pequeña hija, que
jugaba por cualquier resquicio de la pequeña lancha. La saludé en inglés y
entablé conversación con ella, que me agradeció con más sonrisas. Se llamaba
Elisa Bonfoid y viajaba con su padre, Francis, su hija Marie y su esposo (un
tal Marck, que parecía molesto con todo y llevaba muy ajustado el chaleco
salvavidas). Elisa me habló del viaje que habían hecho a Chichicastenango y a
Tikál. Le gustó mucho que escribiera en un periódico Español sobre lugares
turísticos de Centro América.
– Hey mom, look at me! –Dijo Marie,
de pie en el borde de la lancha.
– Be carefull, Marie! –Le advirtió
el abuelo.
– Enough baby! Come here. –La llamó
Elisa.
Una religiosa que iba a la par de
la niña, ayudo a sentarla y la turista le dio las gracias.
– Se puede caer si sigue jugando en
la orilla de la lancha. ¿De dónde son ustedes? –Le preguntó en un inglés mal
pronunciado.
– Somos de Estados Unidos
–respondió ella en español.
La niña, Marie, era rubia, y sus
preciosos ojos eran los ojos de su madre. Todos los pasajeros la miraban tan
encantados, que trató de agradecer el atento auditorio poniéndose en pie y
robando al sol un destello dorado que hizo su pelo brillar como el borde en una
antorcha encendida. Llevaba un vestido de flores amarillas cuyas puntas movía
en un gracioso baile, feliz de concentrar la atención de los pasajeros, que se
distraían con alivio del movimiento peligroso del bote.
La madre miraba a lo lejos el
muelle de Santiago, y casi escondidas, allá en lo pardo del horizonte, la fila
de mujeres tzutuhiles esperaba que terminara de oscurecerse el cielo.
– ¿En cuánto tiempo llegamos
abuelita? –Preguntó un niño.
– Espero que pronto. Esta lancha se
mueve mucho –respondió la señora de cuerpo abundante.
– ¿Puede el lago voltear la lancha?
–preguntó el niño.
– Si la voltea, ya no vamos a
llegar a Sololá –dijo ella, con naturalidad, asustando a su nieto y provocando
la risa general.
– ¿Pero vamos a llegar pronto?
– Sí, ya te lo dije –respondió la
señora.
A lo lejos, en la orilla del
volcán, las casitas de Santiago se iban difuminando contra las rocas grandes
que formaban las montañas y sus tonos terrosos. Quería abarcarlo todo en mi
memoria, pero los detalles eran infinitos. Como si fuera a pintar un cuadro,
pensé en recordar las montañas que bordeaban el lago, partidas en cuadros de
verdes diferentes, el gran volcán Santiaguito, azul contra la tarde manchada de
amarillos dulces y verdes difuminados como al pastel, el lago agitado cambiando
de luz, la gente del bote hablando en silencio, resueltos por brochazos
rápidos. El ruido del motor y la espuma con un hiperrealismo ardoroso.
– Look that, pretty bird! –Señaló la niña.
– Oh, yes, honey! –Dijo Elisa.
– Es el pato Poc –respondió una
señora –tienen suerte porque se ha extinguido.
– It’s a duck of Atitlán… ¡Is so funny! –Tradujo la extranjera a su hija.
Un grupo de patos volaba a ras del
lago. El sol se hundía por un costado del volcán, cansado, como si se fuera
derritiendo en sus lomos. Pensé en los viajes en barco por el Atlántico, que no
parecen tener la magia de una lanchita sobre un lago íntimo como el Atitlán.
– ¿Do you know Aldous Huxley?
–Preguntó Mark a su esposa.
– Yes. Is an English writer
–respondió la mujer, sin mirarle a la cara – why?
– Because he described this lake as the most beautiful place in the
world –dijo él. Ella pareció no escucharle.
– Watching the landscape… ¿Don’t you feel the sensation we have lost
something here?
– I don’t know, what you mean.
– Don’t you miss something like a bit of heart? –dijo ella.
Al oír aquella conversación
personal, sentí una repentina opresión en el pecho, como si hubiese recibido un
disparo que me hubiera traspasado. Era imposible no escucharlos hablar y traté
de ocuparme en cubrirme de la brisa.
– What do you mean? –Preguntó él.
– Nothing, never mind Mark –concluyó Elisa.
La señora miraba con especial desencanto
hacía el lago. Le sonreía a todos cordialmente. Llevaba una vestidura maya
bordada a mano, pero sus facciones eran mestizas.
– ¿Parece que se nubló? –dijo.
– Si –le respondí –está
atardeciendo muy de prisa.
– A estas horas nunca es bueno
cruzar el lago –me dijo, viéndome acomodar mi mochila para descansar mi cabeza.
– No sé –le respondí –es la primera
vez que lo hago.
– Yo no puedo faltar a mi casa –me
confió –pero pienso que el lago está muy revuelto.
– ¿Usted vive en Panajachel?
–Pregunté.
– No, yo vivo en Sololá.
El pequeño me miraba con
curiosidad.
– Éste está asustado por el xocomil
–me susurró, señalando con sus ojos al niño.
– He oído muchas historias sobre
eso ¿qué es?
– Mire, piensan que es una historia
sin fundamento, pero todos los que vivimos por acá, sabemos que es cierto –me
dijo con seriedad –muchos pescadores que osaron faenar por la tarde, ya no
volvieron; sus mujeres los buscaban por todos lados, pero nada, hasta que
descubrieron que era el xocomil, mucha gente se ahogó, por un mal viento que se
arremolinaba en medio del lago y se tragaba lo que fuera, desde siempre, muchas
mujeres le rezaban a los dueños de las nubes, el cielo y el viento, para que
los devolviera, pero debajo del lago, los ahogados y sus espíritus esperan la noche
para que no se vean sus sombras al sol, jalando los botes al fondo –me
respondió.
– Y... ¿será cierto? –le pregunté
con verdadera curiosidad.
– Pregúntele al patojo del bote.
Perdió su pierna en la hélice de una lancha y por poco se mata. Eso lo sabe todo
el mundo.
El muchacho tenía amputada la
pierna a la altura de la rodilla y el pantalón le colgaba del muñón. Se volvió
con agilidad, como si supiera que hablábamos de él.
Rodeado completamente de montañas y
volcanes, lejos, se veían las hermosas casitas de los residentes. Más arriba,
casi sobre las montañas, unas mansiones agarradas entre las rocas, hechas de
cristal y madera, donde no se veía a nada más que árboles y flores. Parecía que
los que vivían allá llevaban una vida perfecta rodeada para siempre de la
belleza natura.
Recordé, como un ensueño, el viaje
por los pueblitos alrededor del lago, cuando fui invitado al llegar a Santiago
Atitlán por unos colegas periodistas. Sin darme cuenta cerré los ojos y acomodé
la cabeza sobre la mochila. Imaginé la celebración.
Tendría
lugar en la casa de una familia atiteca que se dedicaba al cultivo de café. El
motivo fue el cumpleaños de la Señora, que cumplía cien años de edad al otro
día. Rememoré aquella conversación como si la estuviera viviendo.
– ¿Cien años? –. Le pregunté al
colega.
– Si, no lo dudes, se le ve la
experiencia, se ríe de todo.
– ¿Cómo en los tiempos bíblicos?
–pregunté intrigado.
– Tendrías una gran historia si te
contara su vida.
– Su vida no la podría contar en
una tarde, en cambio la fórmula para vivir tanto si –dije.
Me vi llegando por la mañana y
subir unas gradas de granito cubiertas de hojas masticadas por los pasos. Las
hijas de la señora me recibieron en la puerta. Eran ya unas mujeres maduras y
resignadas a no casarse, como me enteré después. Me invitaron a entrar y frente
a mí, en la tenue luz de la habitación, una mujer anciana, recostada sobre
enormes almohadas de seda, me esperaba. Me contaron que no oía muy bien por
causa de un rayo que cayó en su patio. Era amable con los invitados, y parecía
que uno de mis compañeros le había anticipado mi visita y me recibió con tanta
familiaridad que parecía que me conocía de años. A la primera pregunta que le
hice, supe que iba ser interesante, porque me respondió de manera tan lúcida y
agradable, que me dejo sin una duda de que era todo un personaje local.
Su esposo había muerto en alta mar.
Me contó que luego de haber levantado todo el negocio del café, una tarde se
fue sin despedirse y le dejo firmados todos los papeles legales, y una nota de
que regresaría en tres años. Nunca regresó. Así que la mujer se había vuelto
con los años la mujer más rica del pueblo. Pero lo que más me llamo la atención
fue que a sus cien años, tenía buena memoria, contaba chistes, cantaba
canciones rancheras y se reía como una pequeña pícara cuando decía malas
palabras. Supe que sus padres llegaron de Madrid poco después de la invasión,
pero no me dijo en qué fecha, ni me supo decir cuándo había llegado a Atitlán
sus ancestros, pero me quedó muy claro que en aquella tierra logró una vida
singular. Sus tres hijas se ocupaban de todo en la casa. Eran ellas quienes la
vestían y conservaban la tienda y la casa limpia, la cual era grande, con un
vasto terreno desde donde se podía ver el lago. Los cuartos eran amplios y de
sus paredes colgaban fotos de santos y vírgenes.
- ¿Por qué no se han casado sus
hijas? –Le pregunté al final.
- Ellas dicen que no, pero… ¡Si
usted viera…! Meten a los hombres por debajo de las puertas –no me atreví a
preguntarle si aquello era cierto, pues las hijas parecían tolerar las frases
de su madre con gracia.
Aquella noche la vistieron con sus
mejores ropas y la sentaron en una gran mesa que habían llenado de flores en la
sala principal de la casa. Llegaron invitados de muchos lugares. Estaba como
una niña feliz, mirando a todos, llena de alegría, y aunque a menudo se le
dificultaba el hablar, su expresión lo decía todo. Una sola mujer lideraba la
cocina, era una joven morena con unos ojos de egipcia y un escote atrevido; me
miró pasar para el fondo de la casa y me dijo con dulzura “joven, allí
espantan, tenga cuidado”. Sin embargo caminé hacia el patio abierto de la casa,
en cuyo cielo podía ver todas las estrellas boreales. Orión se alzaba
construido de luces. (Los mayas creían que cada hombre nace con un nahual, o
animal protector. Me habían dicho que mi nahual era la serpiente. Me parecía
una creencia similar a la cosmogonía china, en la que mi signo era el dragón,
que es también una serpiente con plumas. Así, ensimismado por los vapores del
alcohol, empecé a crear vínculos de una civilización a otra, tratando de
solucionar las simetrías, aunque al final de la noche me pareció que perdía el
tiempo).
Escuche un grito que me despertó al
instante. Salí de mi ensueño y pude ver a la hija de la extranjera hundiéndose
en el lago. Esto me devolvió a la realidad. La mujer se lanzó al lago sin
pensarlo. ¡Fue tan inesperado…! ¡Y se podía ver un enorme y sobrecogedor
remolino en medio del lago! Todos sentimos temor de inmediato. La sensación de
que algo grave iba a suceder me sobrecogió.
– ¡El xocomil! –Gritó la señora a
la par mía.
– ¿Puede hacer regresar el bote?
–Le pregunté al conductor.
– ¡No puedo acercarme tanto!
¡Podría hundir la lancha! –Me respondió.
La mujer lograba salir y al momento
volvía a hundirse. El vestido de flores de la niña, Marie, ya no se veía por
ningún lado. Me quite los zapatos y la camisa.
- ¡Si entra al lago ahora ya no
podrá regresar! Me agarró la señora.
- ¡Alguien tiene que hacer algo…!
¡La mujer se ahogará!
Me arrojé al lago. Me hundí en el
agua fría y nadé hacia donde había visto a la mujer. Estaba braceando sin
apenas fuerzas contra la fortísima corriente y sólo pude ver sus ojos
angustiados en un momento que el agua pareció retirarse. Buscaba a su hija a
ciegas. Exigiendo un esfuerzo más a mis exhaustos brazos, la agarré y logramos
salir a la superficie. Ella me gritó que no regresaría al bote sin su hija.
- ¡El lago es oscuro y tiene muchas
corrientes! –Le grité, pero la comprendía demasiado bien y no pude seguir
reteniéndola.
Se sumergió de nuevo. Nos habíamos
alejado de la lancha. Esperé que volviera a salir del agua para avisarle que
estaban llamándonos, pero no volvió a salir. Nadé con dificultad, deseando con
todas mis fuerzas que saliera del agua delante de mí. Pero no hubo milagro. La
adrenalina me recorría mientras me debatía, si continuar braceando bajo el agua
o, acudir a la seguridad del bote mientras aún podía. Las fuerzas decidieron
por mí. Desesperado, golpeé las olas inútilmente con mis brazos agarrotados, pensando
que iba a morir. Cuando estaba a punto de rendirme, una fuerza tiró de mí hacia
arriba. Era el cojo, que, tumbado sobre el bote y a punto de hacerlo zozobrar,
había sacado medio cuerpo fuera para asirme. A duras penas logramos subir de
nuevo.
– Where is my daughter? –Me gritó
Francis, agarrando mi pecho mientras yo aún boqueaba en busca de aire.
– El lago está furioso. Le respondí
en voz baja. No encontré más respuesta que esa.
– Shit! This is terrible! –Gritó
Mark, rabioso, golpeando la embarcación con su puño hasta sangrar.
Ambos parecían debatirse entre el
miedo y el deseo de arrojarse al mar por ellas, por mucho tiempo que hubiese
pasado, pero los tripulantes les agarraron, abrazándose a ellos entre sollozos
agitados.
La lancha era como de papel, ante
el remolino. Francis y Mark aún esperaban que aparecieran, pero por más que el
muchacho alumbrara con su linterna, no había rastros de nadie. Me pregunté si
la luz no atraería las almas de los difuntos, pero no me atrevía a comentarlo
en voz alta.
Les dije que podían regresar con
las autoridades en un barco con medios, para empezar una búsqueda, mientras
hubiese esperanza, pero nadie lo creía ya.
Todos los que íbamos en el bote
sentimos pena por los turistas. Pero el conductor atemorizado por la hora y la
fuerza del remolino, y aliviado porque el motorcillo consiguió alejarnos de él,
temió que pasara algo peor.
– Voy a volver con ustedes, luego
de avisar a la policía –les dijo –les aseguro que ellos no tardaran en
acompañarnos.
Se le veía preocupado, frotándose
el muñón con insistencia, como si sintiera la cercanía de su otra mitad. La
religiosa seguía en oración, con un rosario en la mano. Una mujer lloraba sin
parar, y el hombre que la acompañaba, la abrazaba sin poder decirle nada.
Después de un tiempo que a todos nos pareció una eternidad, empezamos a ver las
luces del pueblo de Panajachel y toda la gente sintió alivio, aunque todos
callaron.
– Hay ángeles buenos y malos en el
lago. Me susurró la señora, con cuidado de que su voz no llegara a los abatidos
turistas.
– ¿Qué quiere decir?
– Que hay espíritus ahí.
– ¿Usted cree? –Dije con el corazón
en un puño, intentando no traslucir mi pánico.
– Usted no sabe, pero hay ahogados
muy antiguos ahí –me dijo –y siempre están ahogando gente. Es como si tuvieran
hambre. ¿No ha sentido usted deseos de ahogarse? ¿De unirse a ellos? ¿No lo
sintió cuando se lanzó al lago? ¿No los oyó?
No podía creer que esto estuviese
pasando en mi interior, pero al cabo de un momento y un fugaz examen de
conciencia, mi razón se vino abajo.
– Si… Por un momento –respondí.
– Ya ve… Si usted va al mar, ahí
pasa lo mismo.
– Tiene razón.
Recordé la fila de tzutuhiles
viéndonos partir. ¿Sería su mirada una advertencia? Vimos los muelles de madera
vieja, sencillos y prehistóricos. Un grupo de jóvenes encendía una fogata en la
playa. El rumor del lago era perpetuo, como si llamara a alguien perdido. Los
turistas esperaron al conductor del autobús que les esperaba y subieron
corriendo en busca de ayuda de las autoridades.
– Really, thank you my friend –me
dijeron los dos turistas con apretón de manos.
– Good luck, and hope –les respondí.
Una pareja de
enamorados se besaba en el muelle de la par. Me quedé escuchando el lago,
poniendo atención a sus palabras e intentando traducir lo que querían decirme
para que nunca se me olvidara, pero las voces eran tan fugaces que solo oía las
risas jóvenes en la playa.
Ahora las lanchas
tiburoneras le faltan el respeto al remolino, con velocidades de Mercury 75 HP
4 tiempos, que vuelan como un disparo sobre la superficie liquida del lago. A
lo lejos, sujeto de la correa, vi aparecer las torres fantasmas[ii]
de ese hotel que siempre me intrigó. El lanchero, acostumbrado a los brincos de
olas, no se dio cuenta que en uno de esos saltos, Ana rebotó al fondo de la
lancha, mientras algunos en la tripulación se rieron por impulso, unos más
escandalosos que otros. Se sentó toda azarada en una banca, con las mejillas
rojas.
-
Otra
vez, y no aprendes –le dije.
-
En
verso y sin esfuerzo –me remedó.
Solo al llegar,
cuando las torres ya iban creciendo en tamaño, regresó a la proa; el hotel
maldito se miraba ya en pleno y el ayudante de lancha, me dijo que ya estaba
funcionando. Recordé esos años de fiesta con los amigos de la colonia, o de la
Caseta, cuando mirábamos ese hotel como el desperdicio ballardeano más fabuloso de Pana. Aquella época en una moneda
girando. Los noventas inician y los ochentas se van, se van, se van, mira que gris[iii].
1991, Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden, y todos los demás que están en la
Rockola Alternativa:
"En todas las épocas, creo, hubiese amado
la libertad, pero en los tiempos en que vivimos me siento inclinado a
adorarla".
Alexis de Tocqueville
“No confundamos las
palabras de paz con las armas…, y que esta luna que nos ilumina a todos…”
La Tona/Selene
Bohemia Suburbana,
La Tona, Radio Viejo, Viernes Verde, Fabulas Áticas, Extinción y otras que no
menciono por espacio, no por olvido, celebraron ese concierto de ¡Libertad de
Expresión ya! Un sábado de 1994.
Luego vi pasar una
botella de vino tinto para la firma de la paz el 29 de
diciembre de 1996, en la Plaza Central. Mi novia de entonces era la
soledad con s liliputiense. En aquel
tiempo no conocía nada, iba tanteando solo con la memoria de una familia
disfuncional y toda una herencia desperdiciada y malograda, un poquito de valor
y muchas ganas de hacer algo. ¿Pero qué? Entonces la noche de Panajachel. El
silencio rítmico de nuevo, el autor de todo ese ir y venir de entonces, junto
al sexo y el amor, el bien y el mal, lo blanco y lo negro, peces e iguanas. La sangre es un libro enciclopédico, un himno
rocoso entonces el algo del lago, como tuyo y puedes saludarlo cada vez que
visitas ese ombligo del mundo, metiendo tu mano al agua. Tocar su borde con
respeto y pasión. Lo adoras como algo originalísimo, único en su paso perpetuo
de efímeras sublimaciones. La poesía que parece invisible me mira de lo alto y
me toma.
Leer
poesía a plena luz del día, puede ser el acto más delicado ante los ojos de
unos, o el acto más cándido ante los ojos de otros. El Chinon me lo dijo bien
claro cuando empezó a hacerse visible de nuevo: La poesía es el acto más transgresor, revolucionario y guerrillero que
podas hacer, no te dejes engañar por las palabras solamente bonitas sino por el
efecto de sus fractales. Por eso Neruda, Roque Dalton, Morrison, Bob Dilan,
resistieron su efecto en los gobiernos. Vivir
de ella, casi imposible para una mente octagonal.
Podía ver el efecto
lírico hacer el flux sonriente en el
rostro de ellos en la calle. Recitar el poema abre el alma, expande el tiempo,
reduce la contradicción al máximo y por si fuera poco, ellos buscaban darnos
unos billetes, algunos más generosos que otros, otros más alegres que otros, y
así nos fuimos, aventurando hasta San Pedro. Luego que llega Ana y decidimos ir
solos, a pie a San Juan, luego una lancha para Santiago, para bajar un día
después en Panajachel, donde ya hace años visito el hostalito Quetzal, donde estamos
ahora y, tengo ya una fama de mequetrefe bohemio y romántico.
Pero esta vez que
llegué de Santiago Atitlán por fin llevaba poesía en la mano y la repartía sin
egoísmo. Saludé, al llegar a la vuelta que da para el hostal a Alex Maldonado,
más conocido en los altos vuelos como El Barbas; el mismo que hacía un año
participara en la película de Chofo Espinosa, llamada Otros 4 Litros, con la participación de Maldoneitor, Serguio Valdés
Pedroni, El Mijo, El Gordo, en fin una hilada de entusiastas.
Me reconoce El Barbas
y me comenta que está celebrando su cumpleaños. Teníamos una noche de estar en
el hostal Quetzal y habíamos cocinado la mejor sopa ratatoille de la vida, así que la compartimos con el camarada.
Más adelante en
PanaRock, Giovanni Pinzón celebraba a gusto en la terraza del lugar. Platicaba
con amigos y los dueños del bar, como siempre con esa facha de metafísico
mediterráneo.
-
¡Que
no paré! –me gritó, al recibir los dos poemas que le presento como puntas del iceberg.
Cómo se iba
imaginar que iba ser un protagonista de una crónica de viaje dos meses después,
y que me iba a ayudar para regresarme a la ciudad, cuando ya ningún agente
policial, municipal y de turismo, me dejaría leer poesía en toda Pana, por puro
capricho totalitario.
Menos se podría
haber imaginado que me iban a llevar preso al segundo día de haber llegado, tan
solo por leer musas en plena calle Santander.
Fue cuando dos
agentes de Politur me llegaron a enseñar las uñas y a insultarme con sus
prepotencias y, claro, se me salió la mala palabra que a ellos los hirió tan
profundamente en su amor propio, que no dudaron dos veces para ponerme las
pulseras esas de acero pulido. Eran tan brillantes que mis pitas de hilo se
escondieron bajo mi epidermis. Era sábado por la tarde, siete de Julio, y solo
faltaban veintiún días para que cumpliera años. Que regalo para mis cuarenta y
dos añitos.
Comentarios
Publicar un comentario