Santiago Atitlán/3
Santiago Atitlán/3
No
podía dormir aun dentro del sueño. Recordé, que tan solo doce días antes, había
soñado que estaba preso. Y es una porquería estar encarcelado, más por la sombra
tan majadera, que ya el afecto de la inexperiencia se nota a leguas. El sueño
lo logré escribir y es este:
Soñé
que entraba a la cárcel. Nunca supe el delito. Vi los vidrios rotos y sucios, a
donde la luz se dirigía. Yo estaba sentado en una cama y platicaba
tranquilamente con un compañero de celda. La sábana, recuerdo a medias, se
notaba bastante usada, pero limpia al menos. Gradualmente, al ver esta
revelación, se fue apoderando de mí un terror que me conmovió con una fuerza
inexplicable. Mi libertad agonizaba hasta la muerte. Podía sentir sus últimas
convulsiones, su pálida mirada, su irrevocable resignación a dejar de ser algo
vivo en mí mismo. Entonces cerré los ojos, ore por ella y me quedé dormido. Al
despertar, aún dentro del sueño, agradecí que estuviera en mi cuarto y la
revelación se fue volviendo tenue hasta desaparecer del todo.[i]
1700
msnm. Hace ya treinta y dos años, La
Greys me llevó a conocer el lago. Era mi abuela materna, que había
enviudado hacía unos diez años. Yo el primer hijo, de la hija más pequeña de su
primera desilusión amorosa. Divorcio. Tenía nueve años y había nacido bajo el
signo de la curiosidad desmedida, un Dragón de Fuego nacido en 1976. Yo era
solo pregunta tras pregunta. Yo mismo era una pregunta de mis padres, creo.
Imagino que le
temía demasiado a no saber qué pasaba.
Me daba pánico caer en un error, y no hablaba mucho entonces, pero si observaba
atento, oyendo el sonido de las voces de
otros que ya hablaban con propiedad sobre temas que yo todavía no entendía. Mi
madre con tres hijos, dos hembras y un recién nacido. Mi abuela con su nieto:
ella me crio sin rigor, porque no era necesario ante su experiencia de más de
medio siglo. Me respondía todo lo que yo le preguntaba y, me dijo desde que me comprendió,
que leyera todo lo que pasaba ante mis ojos. Eso hice y nunca se cansó de
responderme, así que yo pensaba que ella realmente lo sabía todo. Me narró mis
primeras historias y me enseñó a leer a otros niveles. Ella fue mi primera
maestra, de lo existente y lo fantástico.
En una ocasión, me tomó de la mano y
me enseñó a pulso a dibujar el número dos, que por alguna razón desconocida no
podía escribir, es como dibujar una
patito Poc, dijo; y yo no lo conocía, hasta que me lo señaló desde una
lancha, pasando de Panajachel a Santiago Atitlán. Era café oscuro, con una
línea negra en el pico y como de unos veinte centímetros. Iba nadando en grupo,
como de unos diez a quince y, hasta ahora me entero de que no podían volar.
Anne LaBastille, una gran ecologista, trató de salvarlo desde el año 1966, pero
por razones de comercio turístico, lanchas y pesca, el pato se fue un día para
siempre, a engrosar las listas de las ánimas extintas sobre la faz de la
Tierra. Anne murió también con el
tiempo, de Alzheimer, perdiendo de su memoria todo lo
que había aprendido de los patos más significativos de Centro América.
Mi
abuela debió llegar allá unos cinco años antes por medio de Don Lisandro, un
grandote de unos sesenta años, todo un caballero según recuerdo, al que mi
abuela le hacía un café hervido cada vez que llegaba a visitarla por las
tardes. Había sido, no sé qué de la policía nacional, y, ya retirado, se
ocupaba de pasear y convidar a mi abuela a sus incursiones. Pero él tenía casa
familiar en Santiago y su familia era de apellido Cabrera. En esa casa vivía
una bandada de mujeres solteronas que cuidaban a su madre, una mujer muy
graciosa aún a sus noventa y nueve años en fila.
Ella
decía, que sus hijas eran unas mañosas, que metían a los hombres por debajo de
las puertas. Pero en realidad siempre las mantuvo vigiladas, para que no le
faltara compañía, ni alguien que le acarreara un vaso de agua. La casa era de
esquina, color verde menta, recuerdo, con sus cuartos todos en fila hasta
formar un corredor con catorce puertas. Un gran sitio hasta el lago, atravesado por gigantescas piedras, que
pudieron llegar allí solo de la mano invencible de la natural intrusión del
temblor del agua. En cada cuarto un santo diferente, con su respectiva vela
encendida, toda la noche, con sus ojos acusadores o en éxtasis todo el tiempo,
hasta que cerraba uno los ojos.
No solía pensar tanto, solo sentir
y, sentía duda de no saber qué pasaba
y, más desconfianza de no saber qué hacer
o cómo actuar ante las circunstancias
que me soltaba la vida. No era yo mismo todavía y la incertidumbre era evidente
en todo lo que hacía; era como no saber bailar en una discoteca, copiando de
los demás los pasos para seguir frente a la muchacha, y la chica era la Vida,
haciendo y deshaciendo frente a mí.
Hoy, en Santiago
hay pocos hoteles y todos bastante caros. Así que nos quedamos à la belle étoile[ii], acostados cerca del lago, viendo las
constelaciones y el tranquilo ir y venir de las aguas. Como a las tres de la
mañana Ana no soportaba el frio, así que conseguí un nylon de una venta de
mangos.
-
Haber,
cubrite la cara con el plástico y tu respiración va a volver térmico el
envoltorio.
-
¿Dónde
aprendiste eso?
-
Pues
fíjate que, buena pregunta, fue en el Discovery
Channel, no en Distrito Comedia,
porque si fuera por La Familia Peluche
ya estarías tiesa –dije, muy en serio.
Por la mañana,
teníamos ciento cincuenta quetzales, de compartir los poemas (que fue inspirado
cuando una persona, a la que yo leí un poema, tomo el papel, lo arrugo con
furia y me lo aventó en la cara), suena así:
Es la fricción me dijo.
Los poemas no envejecen
se acaba la letra impresa,
se concluye la tinta y con ella
se va el esperma.
El poema al fin queda libre
en el fuego o el agua
en la niebla de años y siglos
frente al moho y las termitas
que lo vuelven queso gruyere.
¿Cuántas veces
debe ser leído el poema
para que desaparezca de vuestros
ojos?
Por la tarde,
fuimos a declamar y ganarnos algo de
dinero. Tan generosa la gente de Atitlán, que todavía no logro entender por qué
los hoteles son tan caros y no hay hostales para mochileros; pero todo esto se
disipó cuando entramos a la cofradía de Maximón,
que en realidad es el Rilaj mam, el
guardián de todo. Un hombre Tzutuhil rezaba en su lengua, arrodillado, lo que
luego deduje era todas las penas y grandezas de su familia; de frente al Gran
Abuelo hablaba sin pena con una gran fe. Yo, un poco adormitado, fingí rezar en
lo que se desocupaban los cofrades, que me presentaron al sacerdote mayor, quien escuchaba sin mucha atención lo que decía el
hombre. Había botellas y octavos de guaro a la mitad, detrás del Tata. Ana se
fue adelante y observó todo con curiosidad, y por suerte con respeto. Luego me
contó que el hombre arrodillado había dado una ofrenda de doscientos quetzales.
Yo solo ofrecí, con humildad y mucho afecto, mis poemas, que los cofrades
pusieron a los pies del Abuelo.
Y nos fuimos al
muelle. Hablamos con los lancheros y uno de ellos nos ofreció llevarnos a dónde
íbamos por la mitad del precio. Así fue como me despedí de Santiago, recordando
a mi Abuela Grande, también ella guardiana de secretos y enseñanzas, la que me
dijo, niño suelte ese sapo, cuando yo
miraba uno de esos por primera vez del tamaño de una pepita de aguacate,
caminando para el lago, dentro de un hotel de lujo que construían.
El Pato Poc ya no
está. Solo su fantasma gallareta, que lo imita mal.
Panajachel, a lo
lejos se adivinaba nacer.
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