7de Julio/5
7de Julio/5
(Los
Politur) Son menos brutales y más profesionales, pero aun así su antipatía y suspicacia
es la misma. A esa hora, subía la patrulla esa carretera empinada donde ya no
mirabas ningún lago. A Sololá ibas. Habías estado allí, ya hacía años, con
amigos y otra compañera de viaje (Tití), para el festival Tu Corazón Florece,
tras el violento asesinato de Lisandro Guarcax, recordaste eso mientras te
sentías incomodo con los grilletes cerrándose y mirabas el GPS que no marcaba
las curvas tan pronunciadas y en vez de eso dibujaba una recta. El silencio de
los agentes te preocupaba, ya que ansiaban meterte al tambo a puro PH, solo
porque a ellos se les ocurrió pensar que no estabas leyendo algo humano, sino
molestando a los turistas. Qué raro que se hayan equivocado conmigo mientras
los verdaderos asesinos rondaban las riveras. Barrabas termina siempre, siempre
termina pasando desapercibido o que le den de alta en cualquier Judea.
Al
llegar, fueron directo a una estación de policía y buscaron la firma de un juez
de turno, que por cierto lo fueron a encontrar hasta su residencia, todavía
limpiándose la boca por la salsa de la cena. Le dijiste que estabas allí por
nada, que solo estabas leyendo poesía que vos mismo escribiste, que eras un
escritor de la editorial X y que estabas trabajando en la promoción de tu
libro. Y recordaste que él te dijo, tranquilo paisa, ahorita te vamos a joder,
pero con otras palabras más tenebrosas.
Oíste que en una fecha,
de hace unos meses, no habían ni colchones ni sábanas en la mazmorra de Sololá
y, un frío del demonio mató a dos pequeños bellacos que tan solo habían robado,
uno ellos: pan duro y, el otro: un pollo achicharrado para el pan duro.
Pero esta vez,
había sábanas suficientes, orificios y todo, pero había, junto con tres
colchonetas gruesas y una delgada, pero todavía muy buena, donde dormía el Tata
Chepe, un señor que no podía mover la mano y estaba perfecta y justamente
cubierto de manchas de sangre por todos lados. Pero él estaba tapado y se
quejaba a cada rato de que su mano no le respondía ya. Entonces Cornelio, con
esa forma suya de ser, se puso a darle un pequeño masaje, antes de ir a su
audiencia final, donde le dirían si se iba a Cantel o lo despachaban a su
casita. Si se iba a la cárcel, era todo malas-caras, pensaba en la cumbiamba
que le iban a dar por reincidente. Si se iba a su casa que era lo menos
probable, pensaba en ya no cometer más errores. Y eso, a mí, me daba curiosidad:
sería entonces que se volviera más prudente para sus bisnes, o de verdad iba a cambiar de vida. Una de dos.
El otro era el Tata,
que contaba entonces, que tomó guaro y lo agarraron con una bomba. Entonces uno
pensaba que grueso ese don, que masacre. Pero el agregaba entonces,
lentamente, que era una bomba de fumigar…hombre, que alivio. Que entonces lo
debieron ajusticiar unos tres y, la policía, llegó a tiempo para que no lo
dejaran con las dos manos chuecas. Así estaban las cosas, no podía mover una mano
y ni se quería levantar. Cornelio se paseaba como nunca antes como león
rugiente.
-
¡Solo
horas! –Gritaba, y su hora estaba por llegar, porque ya había llegado su día.
-
Puro
perro trabado en un alambrado –decía otro.
Pero al rato contó
un chiste, que le dio animo a todos los demás, más a un patojo que era el que
más traveseaba correteando. El Cornelio le decía a cada rato, te chimo, que es el puro argot del que hablaba Víctor Hugo en Los
Miserables: L'argot, c'est la langue des
ténébreux.
-
¡Te
chimo! –repetía en varias ocasiones para matar el tedio, viendo a todos reírse
y de paso pelar la mazorca.
Algunos no comían,
aunque la comida nunca faltó. Otros daban lo que tenían en un círculo en el
suelo donde ponían sin egoísmo, lo que tenían o, les llevaban sus familiares, o
platos de comida comprados con su propio dinero en un comedor de la calle.
Comida que les acarreaban sus familiares y se los pasaban entre los barrotes
tristes que lloraban sangre. A otros, que los regañaban en voz baja por
desobedientes, pero aun así les dejaban dinero o alimentos, por esa única
puerta por donde se colaban las ansias y los dolores internos del espíritu
preso.
Cornelio fue y
regresó con buenas noticias. Iba a salir pronto, le habían indultado de nuevo,
pero le dijeron que su reincidencia era motivo de cárcel, pero, por su mujer e
hijos, le daban la oportunidad, ahora si definitiva, de que pensara en su
futuro.
-
Es
la última, pero la voy a aprovechar compas
–dijo, y se fue a la misma esquina en la que había orado desde el principio y
dio las gracias por un buen rato.
-
¡Patojo,
te chimo! –le aulló alguien al mismo muchacho, que ahora estaba subido sobre la
pared del excusado, viendo para afuera, a la calle, por la única ventana, que
en realidad era una tira de luz fría.
Caminé viendo el
mural de chicas de Nuestro Diario, amontonadas
y mal cortadas todas, morenas, rubias, unas más desteñidas que otras,
semidesnudas. Luego, algunos versículos bíblicos escritos con lápiz. Dibujos
varios, gratitudes y, en la columna de en medio, de puro concreto, escrito en
una letra pequeña y garrapateada:
Caerán a
tu lado mil,
y diez
mil a tu diestra: Mas a ti no llegará.
Ciertamente
con tus ojos mirarás,
y verás
la recompensa de los impíos.
Porque tú
has puesto a Jehová, que es mi esperanza.
Al
Altísimo por tu habitación…
Luego llevaron a
otro interno, que había regresado de una de sus tantas audiciones, después de
diez meses en Cantel[i].
Saludó y empezó tranquilo a medir las comparaciones entre Cantel y la cárcel de
Chimaltenango. Hablaba para todos, ya como antiguo, pero con el que más se
identificó al final fue con Cornelio, de quien bromeo diciendo: este cerote conoce todas las cárceles el
maldito.
Dijo que entre las
dos prefería la de Xela, que en Chimaltenango hasta para dormir tenían que
dormir jateaditos, uno contra el otro,
de lado, ¡y hay de aquel que se dé vuelta y quiera dormir de espaldas!, iba su vergazo ya con su nombre. Contó también que una tarde de visita, unos
presos plancharon y, entre todos los
desarmaron tanto que daban lastima. Después los arrastraron hasta el patio, los
agarraron como trapos entre dos y los hicieron levantaditos, como pescadito pescadón…, y a todos les daba
lástima como tronaban en el suelo. Y lo que levantaron los de la ambulancia ya
no eran hombres, era carne molida.
En Cantel, siguió
diciendo, no es como en Chimal que son celdas cerradas como estas, solo se
puede salir al sol una vez a la semana y por una hora o dos.
-
Ni que fueras Hannibal Lecter, mano –se oyó.
-
Me
acuerdo cuando entré por primera vez a Cantel –dijo Cornelio –, me llamó un maje que estaba recostado en una hamaca
y debía ser el cabezón. Todos los del
sector hicieron al momento una rueda: Bueno
vos, por qué estás aquí, esa es la pregunta del millón, entendes, no me vayas a
ver cara de maje, que ya sé. Por robo. Entonces me preguntó ¿cómo está la vuelta entonces con vos? Yo
dije que no tenía dinero y el bato,
repitió: así que no tenes dinero ah, mucha, le damos su bienvenida. Y todos respondieron
¡Ya estuviéramos! Y sentí el primer patín. Pero no me caí. Entonces apareció
una lluvia de vergazos por todos lados
como si fuera chinchilete. Lo último
que me acuerdo es de una trompada en la mandíbula y adiós. Desperté acostado en
tres sillas. Me asusté hasta que me vi al espejo y parecía tortuga ninja; y
así, la talacha era dura las primeras
tres a cuatro semanas de camorra. Luego
lo empiezan a ver a uno familiar. En veintiocho días uno a otro hemos contado
casi toda nuestra vida y entonces todo se va convirtiendo de amigos a hermanos,
según el grado de dolor y esperanzas perdidas.
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