9 de Julio/7
9
de Julio/7
Pana-Rock/Otros
4 Litros.
Lejos
de ser también una broma bien colocada sobre Vigilar y Castigar de Michel
Foucault y una estampa distorsionada de un par de policías burros, también es
el terror de perder la libertad por una idiotez. Es una mierda estar preso, y
lo es más por una tontería, hasta el punto que la inocencia ya ni se discute.
El miedo es perder el control y acá en esta película todo se les va de las
manos. Eso es ficción. Toda la generación de los noventas, esa generación X, es
casi seguro que se identificará hasta la medula con esta película. Hay códigos
generacionales, paisajes que muerden con furia adolescente: Panajachel, lugar
de libertad y búsqueda de uno mismo. Hubo un Woodstock mínimo allá en una
cancha de basquetbol, con todas esas bandas con un hambre particular de
identidad. Allí bajo la llovizna y la luna, el lago más flolk del mundo, los
años dejaron algo en las calles que luego se reprodujo en libros y discos con
una garra particular. En la película lo que se rescata es la nostalgia.
Personajes erráticos, cubiertos de groserías, embrutecidos de una
modernidad fugaz, paralizados por la imagen, Master Card y la fast food, todo eso pero también
empapados en los problemas existenciales más sublimes, esas pequeñas luchas
entre el bien y el mal. Próximas a captar una realidad exacta de nosotros
mismos, o intentar simular una identidad propia entre tanto mix. No es entonces
una imagen pulida con discursos perfectos de una retórica purificada, sino el
desorden mental, el desasosiego del alma de una época global y sin etiquetas
permanentes. La escena del médico naturista por ejemplo un tanto
Jodorowsky; del cineasta serio que ya es parodia junto con la extranjera
chifladita. Identidad extraviada en todo ese cine al margen como nota al pie.
Romanticismo masoquista en todos y más en Chente. Frases exquisitas como esa de
que “…en Guatemala todos somos
mayas, pero no lo sabemos”. Nos practicamos un racismo sabroso en
contra de nosotros mismos porque no nos conocemos, o nos ignoramos. El único
personaje honesto hasta el punto de parecer idiota, o de parecer una mezcla de
autista accidental es el Mijo, un desencanto total, una lucidez dolorosa con
una suerte a lo Forrest Gump.
Y
por cierto, por no ir a la cárcel todos alegamos demencia.
No más entró la jueza, la saludé. Estaba nervioso, pero
necesitaba dejar una premisa. Era una jurista joven, que había inundado con su
voz todo el segundo nivel, desde que entré. No sé cómo describir algunas
impresiones como esta, pero me sentí a salvo. Entonces empecé.
-
Señora Jueza, en primer lugar me disculpo por la facha,
andaba en la playa cuando fui detenido de una forma injustificada. Verá, soy escritor, y está en puerta una publicación,
de un libro de poesía con la Editorial X…, entonces yo leía uno de los poemas
que va a ser publicado en ese libro y regalaba una copia, pero la gente,
generosa y comprensiva de nuestra condición de autores itinerantes, nos daba
una colaboración. Eso era todo, uno o
dos quetzales. ¿Qué va a ser eso? De que andaba con unas cervecitas, pues sí.
Pero se me acusa de faltas a las buenas costumbres y, la verdad, no se describe
allí que el agente llegó agrediéndome con su forma de hablar, golpeada,
echándome prácticamente de la calle Santader, de una manera injusta y violenta.
Soy de la capital y no tengo a nadie acá, uno o dos amigos a lo sumo, además mi
compañera sufre de problemas nerviosos y está llorando allá abajo. Entonces, sé
que cometí una falta de cual estoy, créame, completamente arrepentido. Además,
todo esto que le platico es porque, entiendo que hay una multa por esa falta,
la cual le ruego, me la perdone. Como le dije yo acá no traigo nada porque los
agentes me arrebataron la billetera, luego de meterme a la patrulla; y todo por
que confundieron mis fines literarios por vandalismo común y corriente. Y es
que tenemos todo en contra los poetas.
-
Muy bien –dijo ella –tuve la educación de escucharlo y,
está bien, entiendo, pero nosotros no somos quienes podemos, hacer esto o
aquello, es la Ley, así que voy a decirle exactamente por qué usted fue
detenido –dijo enfática y profesional.
Y empezó con la argumentación. Una letanía más acida que
un membrillo. Allí se decía la fecha y la hora, el lugar y los motivos
aparentes. Los cuales, no solo eran mi embriaguez, sino que le aumentaron a:
sedantes
estimulantes
alucinógenos
afrodisíacos.
Que ellos no estaban seguros de que yo los hubiera
ingerido, pero dado el insulto querían ponerle patitas y manitas a mi payasada.
Me leyó todo el parte policiaco en el que además, en el
principio, y esto me cayó en gracia, se decía que yo era maestro y un tipo
ilustrado, después de que los aturdiera coreando trovas de Silvio y Fito Páez
en la antesala de la estación, mientras redactaban ese sancocho de calumnias.
Entonces los términos eran
aparentemente sencillos. Si yo aceptaba todo eso que estaba allí (mal escrito
por cierto), ella me daría la sanción mínima según me comentó de forma
inmediata y con muy buena voluntad de su parte. Pero, si yo negaba esa acusación,
tendría que pasar más tiempo para las pruebas de laboratorio, y corroborar mi
sobriedad.
Elegí lo más vergonzoso.
Acepte sus garabatos. Entonces ella dijo, apartando de sí misma un Código Penal
que había necesitado para leerme exactamente la falta y su conmuta (que es como
realmente, me explicó, se le llama a la multa):
-
Nosotros en ningún momento hemos querido agredirlo o
menospreciar su trabajo intelectual, en todo caso yo le propongo que cancele
doscientos, o bien, en caso de no hacerlo en las próximas cuarenta y ocho horas,
purgue la sentencia mínima de 10 días, contando desde los días que estuvo en
Sololá. Es una conmuta ridícula, se lo digo, pero yo realmente no podría
exonerarlo de ella, porque mis funciones me exigen que haga eso solo si
conociéramos de usted su dignidad plena y honorabilidad comprobada, y no la
tenemos a la vista, porque es la primera vez que lo vemos.
-
Gracias, y créame jamás vuelvo a contestarle algo, ya sea
malo o bueno a un santo oficial de la ley (y mientras decía esto, pensaba en
que lo ridículo era, que ellos me encarcelaran por una mierdita que tenía, que
ver más con su amor propio, que con una falta verdadera).
-
¿Usted no puede salir ahora, pero, tiene a alguien que
pueda ayudarlo a conseguir el dinero o que lo tenga acá?
-
Pues, mi comadre.
-
¿Cómo se llama ella?
-
Ana Julia.
-
Llame a la señora Ana Julia –le pidió al oficial que me
miraba ya con una mueca a punto de ser carcajada.
Ana entró entonces. Ya había dejado de llorar. Pero
estaba pálida y parecía de la edad que era, casi una niña. Me conmoví al verla
tan dócil y preocupada. Pensé en Kafka y en sus personajes, pensé en Jesús
frente al rey Herodes y luego ante Pilatos, y luego, ante el puño de gente que
lo acusaba injustamente al verlo en harapos y con la mirada urgida por su padre
nuestro. Pero eso ya lo había pensado en la celda, frente a los dibujos y
frases mal dibujadas en las paredes. Pensé en Javier Payeras y creí entenderlo
de inmediato. Y ese comienzo entonces de
SoledadBrother:
“Aún
nuestros sueños son difíciles
querido brother
desde hace años quise ver belleza
y la ví
no hay nada más hermoso –por ejemplo-
que un motín de reos al atardecer
el rostro del asesino de un presidente
o una mujer menstruando en un hotel barato.
Soledad
de la soledad sólo extraño
el cesto de ropa sucia
y mis dientes sin lavar
talvez un poco los vicios.
Así es brother
es mal síntoma estar solo
te sientas durante horas viendo la escoba
te fotografías con ella
le pones un collar de perro
y le suplicas que no se vaya
haces cosas idiotas
como escribir o leer poesía erótica
perseguir personas ocupadas
o terminar el día con seis latas de cerveza
jalando coca en un cine
perdido viendo una película tonta.”
Imaginé
a muchos amigos. Tal vez a algunos adversos días que nunca habían sido como
ese. Recordé hasta a Reinaldo Arenas, quise verlo y que me tomara de la mano y
salir flotando, pero era la Tierra y entonces aterricé:
-
Bonitos
ojos tiene –le dije al final sabiendo muy bien lo que decía, pero gracias al
cielo ella ni lo oyó, o no quiso oírlo para no volver a hacer otro parte.
Ana
me esperó abajo. Yo me quedé sentado porque la jueza, que en realidad había
sido una chica buena, iba por no me acuerdo ya qué. Entonces me puse a pensar a
quien iría a buscar Ana para juntar el dinero. El guardia se salió riendo. Vi
al secretario, muy afanado todavía, y le pedí que me prestara los doscientos, que yo se los pagaría al otro día, pero me
dijo que solo llevaba cincuenta y que le iban a servir. Amable por lo menos,
pensé. Entonces por fin me hicieron firmar la pequeña culpa con su respectiva
falta y cruce los brazos detrás, para los grilletes.
Abajo, me abrazó con Ana y me dio un
beso. Me dijo que no me preocupara, que era casi para pedirme lo contrario. Luego
me subieron al pic up y la imagen de
la sagrada Pana me quedó en los ojos, quemándome. Quién me iba a decir, que en
ese lugar, al que asistí desde mi niñez y juventud, que era una bandera de
libertad, iba a ser el lugar donde unos extraños a todo, me pusieran en el corazón
la primera espina.
Recordé esos días y luego, por
alguna razón la expresión de Ana al verme con grilletes. Tan sentimental que no
me dejaba de besar sin querer soltarme, como que yo fuera su papá.
-
Que
romántica la cárcel –dije sin darme cuenta.
Ya
me sospechaba el amor de esos presos en cada visita conyugal. Allí si real y
verdaderamente se precipitaba y consumían de pasión y deseo, dolor de ceniza y
placer exaltado, y ese algo más de
contemplación exuberante. Allí si realmente aprovechaban el tiempito amatorio
echando chispas. Se hacían un queso derretido. Lloraban y reían en sus sesenta
minutos de segundos volando. Orange is the New Black/versus/ Prison
Break. En todo caso, en estas parejas en las que la chica está afuera, le puede
impregnar un poco de libre albedrío al muchacho. Esa libertad que no tiene, ni
tendrá precio. Ella misma mordiéndose la cola. La libertad, pedacito de aire
puro y cielo limpio. En recompensa libertad por libertad. Es como si la única
forma de pagarla fuera con ella misma. Ella y él. Romántica pero cruel postal
del tiempo. Despiadada como una bocanada de humo negro a media calle.
-
Otra
noche –les dije, ya en Sololá.
Todo
esto, luego de hablar con los compañeros y que me preguntaran lo obvio. Se
alegraron y parecieron conformes, como solidarizándose con mi nuevo estatus. Yo en realidad miraba pasar las
horas con desprecio. Pensaba que tal vez Ana iba a ser tan débil, que a lo
mejor no iba a conseguir el dinero y, en vez de eso se iba a poner una matraca
de aquellas. Ese era mi miedo. Y el de pasar ya solo dos noches en Sololá,
donde si bien, no me había ido tan mal, pero ya en Chimaltenango otra iba a ser
la historia.
Les
conté a los compañeros, a la hora de la cena, que los policías se venían riendo
en todo el camino por la forma tan zalamera en que le había hablado a la
señorita inquisidor, y que hasta le había dicho que tenía ojitos bonitos, y más
se reían aquellos cuando les conté que le pedí prestado dinero también al
policía. Todos oían recostados en su
sitio.
Y
lo hicieron como era costumbre a la cena, pedirle favor a un poli para que les
fuera a comprar comida a la par del Pollo
Campero, un comedor donde vendían la comida a diez quetzales y servían como
de a veinte. Pero el señor agente en absoluto aparecía. Así que en eso, el Cornelio logró que una niña
le fuera con gusto a comprar la comida. Pidió dos cenas y el respectivo rimero
de tortillas, que la niña no tardó en llevar de vuelta en poco tiempo. Lo malo
fue, que al llevar las comidas, el policía holgazán se dio cuenta y, saltó montaraz
y rabioso, más como culebra que como perro. Dejó de carcajearse con su gamberra
por teléfono, y atacó con todo.
Todos
apoyamos a la niña y al fin se fue el policía con la cola entre las patas y sin
sus catorce quetzales, que era la extorción por hacer el mal llamado:
favor. La niña era muy lista, y se fue
tan rápido que el policía debió sentir repugnancia de sí mismo, por no ser más
ágil o tener mejor colmillo. Todo fue risas entonces en el calabozo.
Yo,
ya resignado a la noche eterna en mis cartones de Corn Flakes y Aceite Ideal.
¿Por qué no quise meterme en las colchonetas? Pues es parte de cierta ética muy
personal. Si he de pasar en el bote, que sea bien jodido para que aprenda el
cuerpo.
Estaba
allí alguien más, del que no me había fijado y, resulto ser también de la capi.
Era Luis, un tipo a toda madre, sonriente que había jugado Conquian con Tzi y Cornelio desde las ocho hasta las cinco de la
tarde, sin parar. Como todos le preguntaban por qué estás aquí, le llegó su
turno y recuerdo que dijo, que llevaba un camión lleno de huevos, pero por un
solo papel que había olvidado, los muchachos uniformados lo acusaron de
contrabandista. Pero él no se preocupaba para nada, todo era risa y risa, chingue y chingue; y le había copiado ya su forma de ser al Cornelio, porque
ahora era el que más avivaba al patojo loco con
te chimo a cada rato cabrón.
El
patojo también contó entonces, que estaba allí por haber vergueado a tres policías de un solo y, que se aventó de un tercer
nivel y cayó parado y, Lian Neeson no le ganaba; era un rollo ese patojo,
contaba que se les había escapado en un carro a toda velocidad pero como no
sabía manejar había chocado a la vuelta y entonces los policías lo siguieron,
hasta que por un poco y lo emboscan, pero él se había tirado de un acantilado,
donde se había cortado el brazo y había terminado cosiéndoselo con un hilo del
calzoncillo y…, puta madre, se había tenido que meter a una cueva llena de
ratas, hacer una antorcha con un pedazo de su playera y había salido por el
otro lado de la montaña, cerca de la carretera principal de un pueblo. Hasta
que lo tuve que interrumpir:
-
Que
buena lica, esa es Rambo I.
-
Eso
fue lo que paso si no crees mira –me dijo, y allí me enseñó la cicatriz, pero
más parecía la mordida de un perro.
-
¿Bueno
y entonces?
-
Me
verguearon y aquí estoy para servirles en todo lo que quieran.
-
No
seas hueco vos cerote.
-
¡Te
chimo!
-
¡Nunca
había conocido un patojo más hueco, ni más mula! –le grito el Cornelio y le dio
un abrazo por detrás, que más era de amistad que de otra cosa.
-
Ni
más pajero –tercio el Tzi.
Daban risa
las culpas, daban risa los cargos, daban risa las conmutas, daban risa los
guardias, daban risa la jueza, daban risa las cárceles, daba risa la risa y
entonces alguien dijo:
-
miren mucha, hasta esas moscas de allí parecen que están
presas, no saben ni por donde salir, solo vuelta y vuelta son, miren pues,
hasta parecen que están libres porque no se detienen… llevan horas volando.
-
¡Huevo! –gritó uno.
Y las moscas, las eternas moscas,
daban vueltas girando, se echaban un clavado en picada, volvían y subían
jugando, solo retozando en círculos, imperceptibles ellas en su micro-libertad
entre rejas, tal vez rodando haciéndonos compañía, sin reposo, sin aliento,
como si dibujaran mal algo, o lo escribieran en un lenguaje cifrado. Oraciones
en las paredes y dibujos tan elaborados por el exceso de tiempo muerto:
Liberación,
a los cautivos.
Vi lo escrito en una pared ese
nuevo Festín de Baltazar: Mene, mene, tequel, ufarsin.
Y pensé, recordando en la primera vez que llegué a pana de adolescente y había
verdaderos turistas que se quedaban enamorados por la auténtica vida entre
volcanes y sus cortinajes de estratos, nimbos y celajes. No como ahora, por oposición,
esos peregrinos prepotentes y engreídos que solo quieren gastar y gastarnos. Para
aquellos, el lago los inspiraba y terminaban haciendo artesanía y vendiendo sus
creaciones por amor, aretes y anillos, pulseras y dijes por pasión, por afecto
a una guatemalteca. Y luego los argentinos, años más tarde, que parecían
gringos, pero más budistas; además felices de andar descalzos por todos lados
con sus harapos de moda y sus sombreros gigantescos, llenos de magia Wicca. Garabateo para desatarme todo eso, los
demonios que me encandilan, trazo para reconocer y agradecer, subrayo para
olvidar lo vivido o recordarlo a mi manera, a mi propia voz. El nudo de tu
ausencia del Elvis en su estado de ácido
lisérgico y la Tachi prestando su guitarra en buena onda, para no
volverla a ver. La simpatía a aquella chica que se paró enfrente de mí, y me
pidió que le dijera cómo le quedaba el vestido. El Pulpo Manco como broma, el
escorpión petenero como picardía. No
sigo más que para atrás, lento, como un flashback de cangrejos que compramos en
San Pedro la Laguna y que se cocinaran por el chef en Chill Out (con Coca-Cola). Voy de atrás para adelanté jugando
con los personajes de un viaje, como un escualo bohemio y periférico.
Ernst
Hemingway tenía que conocer Panajachel
por estos tiempos, y disparar escopetazos Abercrombie & Fitch a media Calle Santander, para sorprender a los polis que le irían a preguntar,
corriendo y con timidez aldeana:
-
¿Señor don gringo, podría darme su arma por
favor se lo pido, disculpe, es que mire acá nosotros mandamos, perdón las
molestias?
Y
el respondería muerto de la risa.
-
Not my little servant, because man was not made for
defeat. A man can be destroyed but never defeated.
Conocí a todos esos
amigos y cofrades de los barrotes. Conocí un calabozo y sus dragones. Estuve
horas que me parecieron siglos. Mis dedos quedaron marcados de tinta, de la
memoria de un rodillo y unos policías ofendidos. Del argot de la cárcel y las carcajadas de la fortuna contra los
barrotes sin vidrios, de las culpas ingenuas de esos muchachos sin escuela, de
la soledad del agua estancada en los suelos de concreto y las paredes
manchadas.
Cuando pensaba que
ya era tarde para mí. Todos en círculo hablaban de las matanzas en Cantel y los
motines en Chimaltenango, llegó un oficial con Ana. El círculo rojo y los
barrotes negros. No lo podía creer, dos siluetas. Yo tenía pensado no
levantarme del suelo y desde los cartones, mirarla a los ojos y gritarle que me
dejara allí, porque allí me daban del Pollo Campero inventado por Francisco
Pérez de Antón, pero no me salió la broma. Me ganó la emoción y me levante
corriendo, la miré por la única puerta con barrotes y bajó los ojos y me dijo:
-
No
pude conseguir el dinero. No pude hacer nada, solo vengo a decirte que te voy a
llevar tus cigarros favoritos a Cantel ¿queres Modern o Pine Rojos? Por cierto,
me dijeron que te advirtiera de un negro que te está esperando en Xela.
-
No
puede ser pesadilla, me…
Pero entonces vi
que se estaba riendo la infeliz. Me enseñó el recibo con ciento sesenta
quetzales pagados.
-
Momento.
¿No eran doscientos pues?
-
Pues
es que la jueza dijo que como ya habías pasado acá dos días bien pisado, que
nos hacía un descuento por que le piropeaste los ojos.
-
Pajas
al baño –le respondí, riendo – ¿y en cuanto tiempo salgo?
Ana
me entregó mis poemas y se los empecé a regalar a los que quedaban. Les dije
que mientras hablaban de las barbaridades de la cárcel, había empezado a
preocuparme.
-
Nada
más revelador que una cárcel, mano –me dijo Cornelio, que también esperaba
salir.
Uno
de ellos, el interno de Cantel, se puso de nuevo a jugar Conquian y me invitaron a echarme una mano con ellos. Como cosa
extra, había aprendido a jugar con solo verlos. Y es que había sido todo un día
largo en ese bunker de hielo donde no teníamos más que noticias atrasadas y las
fotos de las princesas semidesnudas de Nuestro Diario, que ya de tanto verlas
hasta nos parecían tan ciertas que algunos les daban de comer y les hablaban de
amor a escondidas. Siempre conservé mi lugar. Allí estaba, junto con el bendito
sarape de los Andes que me había servido de sábana. Nada más revelador que una
cárcel. Para Oscar Wilde un De profundis;
para Cervantes un Don Quijote de la
Mancha; para Nicolás Maquiavelo El
Príncipe; Justine o los infortunios
de la virtud para el Marqués de
Sade; Diario de la prisión de Ho Chi
Minh; Santa María de las Flores de
Jean Genet; para mí este breve texto queriendo ser una crónica de viaje. Pero Dostoievski,
Solzhenitsyn y Thoreau, el Apóstol Pablo y Adolfo Hitler, también recordarían
que no hubiera sido posible una sola letra sobre la libertad, hasta verla
perdida.
El
guardia ya no reía, estaba muy pensativo cuando se atrevió a preguntarme:
-
Decime
la verdad, ¿en realidad vos solo querías saber que se sentía estar aquí
encerrado, verdad?
-
Algunos
se vuelven fuertes en lugares de perdición –le respondí de una forma
premeditada con mi insolencia hermética, no quería ya hablar con ninguno de
ellos.
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