San Pedro la Laguna/1
San
Pedro la Laguna/1
Domingo
8 de julio: Francia / Bélgica ¡Sin televisión! ¡Sin una maldita radio! En medio
del Mundial 2018.
Tres
colchones en fila al fondo. Cartones y ropa diseminada. Sábanas afligidas, con
hoyos, por donde el cuerpo se cocina en dolores de espalda y frío
intestinal. La oscuridad entonces, como
la noche cerrada, por fuera y por dentro el dolor azabache. Solo una larga
ventana sin vidrios por donde entraban pedazos de cielo y aire congelado. Un
refrigerador de unos nueve metros por veinte. La única ventana, minúscula, de
unos diez centímetros por dieciocho, en lo alto del paredón amarillo pálido,
segmentada, cortada por barrotes gruesos y mudos. Frente a mí, una reproducción
despintada de Saulo de Tarso ante la luz cegadora.
Todo
había empezado en un
viaje espontáneo con dos amigos, más excéntricos que yo mismo. El Sancho y el
Elvis. Resguardando cierto capital, que debíamos alargar lo más posible para
efecto de hospedaje y comida.
Yo tenía bajo la
manga la lectura de mis poemas, impresos en fotocopias simples, pero con un
sentido del humor cruel y cavernícola. Ellos, su guitarra traviesa y su
garganta escandalosa. Todo eso para hacernos de algo más y pasarla sin sobresaltos, en lo que llenábamos un picopada con unas veinte extranjeras
imaginarias (así suponíamos). Era de reírse
realmente, cómo tuvimos que sacar el dinero necesario de un banco del sistema,
inventando que el Sancho estaba demente y que yo era su psicólogo, para que el
dependiente de la financiera nos exonerara de las colas y, además, que yo fuera
el representante de mi amigo chiflado. Y es que en realidad no paraba de hablar
groserías y muladas escandalosas contra las ordenadas filas de un banco.
Y para no crear
falsas justificaciones después, el entusiasmo fue más grande y fantasioso, que
la cruda realidad que se nos presentó. Aunque desde la primera noche yo cociné
para evitar el gasto de restaurantes, ahorrando aquí y allá, la pérdida fue
considerable, dado el hecho de que estafaran al Elvis, con sesenta quetzales de
alguito que debió valerles tres
pesos. Contando con la natural ingesta de pulmón
tras pulmón de Quezalteca con su
respectiva soda y hielo, para el fino traguito antes del morongazo.
Todo iba bien en la
posada Tikal Ajj, las sopas levantamuertos que yo preparaba, la amistad de
todos en la calle principal. Pedro de San
Pedro Chavajay, y el otro, un bigotón alegre que yo le nombre Mark Twain,
porque era idéntico; los demás, artesanos partidarios de la libertad frente al
lago. Las israelitas que parecían brasileñas por sus piernas de campeonato, las
norteamericanas delirantes y las francesas con ese gesto en los labios cada vez
más rosados. Lo malo fue que nunca empezaron ellos a tocar ni guitarra ni nada,
ni yo a leer mis poemas o algo. Ni ellos a cantar por allí, ni yo a leer poemas
por allá; así que nos cercó la escases antes de tres días.
En el
restaurante-bar Chill Out, intenté
una lectura de mi nuevo poema de largo aliento. Pero tras día y medio de
celebración, en la que no solo nos toleraron, hasta el comprar cerveza en las
tiendas, disfrutar de la música electrónica de Guicho Torrebiarte, y el quiche cortesía de la casa de Helmut y
Tops, con los comentarios picantes sobre el Mundial de Futbol, sentarnos detrás
de la barra y cabecear sobre sus sillones. Y hay que reconocer que fueron buenos. Hasta
el tercer día apocalíptico, que se dieron cuenta que estaban perdiendo dinero.
Ante todo, por la chispa lingual, de una tal Betty, que perdió cannabis y les echó la culpa a todos,
terminando con el lugar y la vida en miles de juramentos extravagantes sobre su
linaje lujoso, hasta el punto de que les pidieron el local a los buenos amigos
y socios. Así fue como mandaron, sin pretexto, a todo el mundo a la mierda. Los
malos fuimos nosotros, porque en lugares sagrados hay que hacer sacrificios. Yo
por mi parte colaboré con unos cangrejos, que Estuardo J. cocinó con Coca-Cola
y quedaron de lujo para servirles a todos. Estuardo es Chef y logró un banquete
acompañado de vino y cerveza.
Una noche, ya en el
hotel, al tercer día bíblico, se me presentó una aparición del cielo. Estaba frente
a nuestro cuarto, en medio del patio, con un vestido con dos pijazos en las
piernas (de esos que no duelen).
-
¿Cómo
me queda el vestido? –me preguntó a quemarropa y sin aviso, mientras yo
preparaba mi cena en la cocina a leña.
¿Qué podía decir
yo? Morena torneada, con un sexapil salvaje, una decidida intensidad de hembra,
que va de fiesta y a la caza inmisericorde, de un mortal y su fortuna. La halagué con éxito y toda su inseguridad me
pareció encantadora, como de esas flores que no se han visto al espejo y se
creen grises, fatuas y hasta un tanto haciéndose las tontitas. Ella apreció que me acercara y le compusiera
el escote hasta tocarle, sin reparos, los botones de los pechos.
-
¡Así
no! –gruñó y se alejó, pero al dar los tres pasos que dio, se volteó pensativa
y me señaló –vengo a las dos, por si queres voy a traer cervezas y coca.
La oferta era otra
de sus travesuras. Lo comprobé a las dos a
eme, cuando, al que vi llegar fue al Sancho. Desde las diez, ya rendido por
la party, escogió una esquina de la
cama para hacerse el muerto, junto con el Elvis en la otra esquina. Hasta
parecían boxeadores noqueados, nada más que por los fluidos del dios de las
vendimias. Ahora a las dos, llegaba lastimado por la cruda. De temperamento
levitable, sin brújulas ni sextante, dijo que quería llevarse la guitarra. Y se
durmió un rato sentado en la silla diciéndome que quería un trago. Y yo
esperando a la tal Mami-Yemanyá con cervezas y polvo.
Que lujo de seres humanos, pensé. Yo,
que les había rescatado su guitarra y el bolso, le dije lo más lógico y humano:
no te la lleves, la vas a perder. Y
él, se seguía durmiendo en su narcolepsia normal para tres días de farra.
-
No
te la lleves, la vas a perder –le repetí profético, y sin voltear a ver, seguí
soplando el fuego de mi fogata.
Y aquel, que no,
que se iba a llevar su guitarra, dijo ( apropiándose de una guitarra prestada a
una estudiante de arte), y que se la llevaba porque se la llevaba, la vas a perder le repetía yo soplando
mi fuego, no, que quiero un trago y te
voy a traer a vos también, me empezó a prometer cosas imposibles a las tres
de la mañana, medio dormido–medio despierto, entonces se me metió a la cabeza,
una rabia muy propia de quien habla con un demente y nadie cede, ni se ponen de
acuerdo quién es el verdadero loco. Fui con el Elvis y le pregunté de dos
empujones (uno para despertarlo y el otro para persuadirlo), pensando que iba a
ser más razonable a esas horas de la noche y a esos grados de necedad
alcohólica.
-
¡Que
se la lleve! –gritó, más enojado por despertar que por los vergazos.
Media hora después,
en la oscuridad del sitio, detrás de los arbustos y las llamaradas del fuego,
llegó aquella aparición como si nada. No traía cervezas, pero de seguro se iba
a echar un polvo. Porque al que llevaba casi corriendo era al estafador de mi
amigo, como después lo comprobé, cuando este salió corriendo otra vez y, se
perdió detrás de las láminas de la puerta.
No me sentí
traicionado. Me arrepentí, eso sí, de no haber actuado más directo y persuasivo
para llevarla primero a la cama.
-
Que
fuegaron fregao–dijo al ratón, ya en ropa de dormir, sonriendo como Mesalina.
-
Pensé
que ya estabas tan cansada, que ya no te ibas a seguir desvelando –le respondí,
cuando le debí reclamar por las cervezas.
-
¿Podrías
ir por unas? –me preguntó con chispa, muy incitadora la cabrona con un billete
en la mano.
¿Qué podría decir
yo ante ella si ya la había visto casi desnuda? Que sí. Me estiró la mano y me
jaló hacía ella, y yo empecé a preguntarme qué estaría haciendo mi destino a
las tres y media de la mañana en San Pedro la Laguna. Al salir, ya sabía qué
hacer. Pero a una cuadra de distancia, a la par de una cama elástica de la
feria, venía Sancho trastaviando. Y,
claro, sin la guitarra, por supuesto. Me enojé tanto que le dije que fuéramos a
buscar la guitarra; con el pretexto ese, lo fui a perder por extravíos, para
que no fueran a joderme también, la posibilidad de una demorada, pero
fascinante faena.
Al retornar al
camino le pregunte a dos chaq, que
enseguida, hasta me guiaron a la única cantina abierta a esa hora. Pude ver por
la ventana a cuatro adictos voltear la cara a la pared pintarrajeada de
espanto.
Me tardé, pero allí
estaba ella esperándome, también hipnotizada por el fuego, viendo cada una de
las llamas de la fogata, obra de arte de un pirómano como yo. No me acuerdo de
qué hablamos. Lo cierto es que me invitó, por fin a su cama, después de tres o
cuatro besos con su respectiva donación de caricias con sabor a cigarros de
contrabando. Estuvo exagerado aquello,
al darme cuenta que de sus maletas rebalsaban toda clase de calzones y
encajes, brasieres y trajes de faldas cortísimas, que ella se iba probando para
mí, hasta dejarme claro que su profesión no era precisamente de oficinista,
sino la más antigua del mundo. Nada menos que 1,6 millones de años. Pero a mí
no me cobró como al anterior, sino que me dejó dormir con ella, desnuda y
cálida, olorosa a ese perfume que antes yo creía barato y, que luego supe, es
un elixir conjurado de aceite y flores de sauco para llamar el amor y al dinero.
Me levanté temprano
y la vi dormir. Parecía una niña, adulta por el azar y la ternura, madurando
toda ella a la velocidad de la luz, hasta ser una bola 8 del billar estelar.
Abrió los ojos y me dijo entre sueños, cuando yo salía:
-
Quédate
con el vuelto.
-
¿Cuál
vuelto?
-
No
te hagas que ya lo llevas en la mano.
San Pedro la Laguna,
también fue precisa meditación pura en Sublime,
sentado en su muelle con sillas plegables y una cerveza Brahva y un cigarro Gold Seal. Solo con el lago, pensando
en la nada, como cuando era adolescente. Allí bailaban esas israelitas que
parecían brasileñas, unas modelos hebreas tan bellas que podrían desarmar un
fusil Galil ACE
5.56mm, y que han llenado de cámaras todo San Pedro, por si las moscas, o
alguno se le ocurre poner una bomba por ahí.
Pedro de San Pedro, con su botella de Wisky
diaria de a cincuenta quetzales, que me decía que allí en San Pedro era mejor
que en Costa Rica, ya que la pura vida
era diaria, y sus pobladores ya no deberían de trabajar después de construir el
pueblo más agraciado del planeta.
Con su sencillez elevada, calle al mercado, vi
el palacio catedral más fastuoso, una iglesia que parece la Casa Blanca y se ve
tan anacrónica y fascinante que tuve que ir a verla de cerca. Monumental, fue
construida, según una maestra joven, con el dinero de los fieles. Tengo mis
dudas, es algo que debió ser con ayuda híbrida también, por la arquitectura,
iluminación y organigrama educativo.
El Ramones y Jesús,
dos guitarristas arrechos que nos acompañaron a Zoola a pedir un espacio, para leer poesía y tocar canciones. A
ellos les fue bien, con quince minutos tocando una rola interminable frente a
un canchito que se creía el príncipe de los idiotas. A mí me dijo, que la otra
semana habría menos gente y, que sería bueno que me dedicara mejor a tocar
guitarras alegres para no hacer llorar a las turistas.
La feria a reventar
con Fidel Funes y la banda Arrecife, donde me reí de la alegría al ver al
Sancho borrachín bailar con una octogenaria que no le envidiaría nada a una
quinceañera, ya que bailaba y bailaba sin descanso. El mercado y su atol de
anís. La guitarra perdida que debí guardar en Chill Out, aunque ellos, ya cansados de nosotros, por planchas naturales y escatológicas, ya
saben lo que resolvieron…, y…, nuestra despedida desolada de Sancho y Elvis.
Quien sabe cómo les habrá ido. Lo que sí es cierto es que fueron buenos
mientras no fueron malos.
Yo, ya con Ana. Que
después de tanto rogarme, por fin le había dicho dónde estaba, y había llegado
en mi auxilio. Después de llorar por el teléfono, jurando que yo andaba con una
gringa-española (¡vaya mezcla!), y prometiéndome amor eterno por los siglos de
los siglos. Pero todo se resolvió fácil, aquellos ya querían aire puro.
Nosotros cámara en mano, caminar un poco.
Nos marchamos al
sur occidente, luego de ver el mapa, con mochila liviana a San Juan la Laguna,
sin saber nada del camino, ni cuanto demoraríamos en llegar.
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